domingo, 8 de abril de 2012

Con la Mediocridad Inoperante Activa hemos topado


Imagen: Pixabay
Cuando hace años leí los artículos de J. L. González de Rivera y Revuelta (www.psicoter.es), sobre el Síndrome MIA (Mediocridad Inoperante Activa) me sorprendieron dos cosas: 1) que la mediocridad puede llegar a considerarse un trastorno psiquiátrico, 2) que existen diferentes grados de mediocres: el mediocre sin más, el mediocre inoperante y el mediocre inoperante activo. Además descubrí que determinadas personas con las que me relacionaba o me había relacionado profesionalmente, no eran simplemente “mala gente” sino enfermos no diagnosticados; eso sí, hacían estragos a su alrededor. 

Para este autor la mediocridad es la ausencia de impulso o pasión interior hacia la excelencia, hacia la superación y la creatividad, actitudes todas ellas  innatas en el ser humano.

En mi experiencia en la Gestión de Personas me he encontrado con mediocres de los tres tipos, tanto colaboradores como responsables de igual o superior nivel, pero sin duda los MIA son los que más daño han infligido a las Organizaciones  y a muchas de las personas que las integraban. Es sumamente difícil neutralizar su impacto, tan sólo podemos intentar minimizarlo.

 ¿Cómo identificamos a un MIA?

Siguiendo la definición de González de Rivera, un MIA es Mediocre porque no siente el impulso real hacia la mejora continua, de ejercerlo, simplemente será una pose – por ejemplo, aunque lidere la implantación del modelo EFQM en la Empresa no tendrá otro objetivo que la obtención de una medalla para colgar de su pechera-. Es Inoperante o Pseudoperante porque hacer, hace cosas, pero de manera repetitiva, sin finalidad real, simplemente porque se han de hacer o porque siempre se han hecho así. Finalmente es Activo porque se pasa el día  ocupado, cualquiera diría que incluso abrumado por sus responsabilidades, pero ¿para qué?


Los MIA presentan los siguientes comportamientos acumulativos:


Tienen el ego tamaño zeppelín y  además es de marca. Con cualquier excusa, venga o no al caso, cuentan a todo aquel que pase por su lado: en la máquina del café, en un Comité, en una sesión de trabajo… que su casa está en la mejor urbanización, su coche es el último modelo, sus trajes por supuesto son carísimos, han estudiado en las Escuelas de Negocio más prestigiosas y en sus trabajos previos ocupaban puestazos. Suelen intercalar esta verborrea con alardes sobre su networking en el que incluyen a las personas más prestigiosas del Sector hablando de ellas como si fueran amigos de toda la vida. Un buen día descubres que gran parte de lo que exponen son mentiras, o más bien medias verdades, a la postre las más difíciles de desmontar.
  

Se presentan ante el mundo en general y el laboral en particular como “Mesías”. Son los elegidos”, personas que creen poseer una clarividencia interior y una sabiduría que para él la habría querido Petete el del Libro Gordo; ellos y sólo ellos saben lo que está bien, lo que es correcto; piensan que la Empresa ha tenido una gran suerte al contratarles. Ya sabéis que se dice que “la ignorancia es muy osada”, dadles poder y/o notoriedad y entrareis de cabeza en el infierno. 

No entiende de sutilezas, no os molestéis. La verdad es que tampoco escuchan las críticas abiertas. La asertividad simplemente no funciona con ellos. Tienen la piel de un rinoceronte y atacan tan ferozmente como este animal.  

La envidia les corroe, no soportan el mérito ajeno. Sólo ellos tienen el derecho a brillar (cosa bastante improbable dada las carencias en sus competencias técnicas y actitudinales) y no les temblará el pié al pisar a auténticos profesionales como si se trataran de cucarachas (así reafirman ante ellos mismos su hipotética superioridad). Lo normal es que un MIA tenga un armario lleno de cadáveres. 

Pueden pasar semanas, meses e incluso años realizando listas y listas de errores que comenten otras personas –sobre todo las cometidas por excelentes profesionales-, pero sólo serán  capaces de editarlas, registrarlas, engrandecerlas y comunicarlas a voz en grito para que se entere “todo el mundo”. Jamás elaborarán una propuesta constructiva realista o diseñarán un plan de mejora, simplemente porque no saben hacerlo, aunque mejor no se lo propongais no vayais a encontraros con un manual de 250 páginas, enrevesado y lleno de auténticas memeces en el que os enseñen cómo ha de salir el vaso de café de la máquina de vending (“a ver si aprende de una vez el inútil del responsable de mantenimiento que debería estar de patitas en la calle” sería la rúbrica con la que un MIA cerraría su informe).


Esta actividad frenética y sin sentido les mantiene hiperocupados todo el día de aquí para allá haciendo nada. Salvar al mundo es una tarea sumamente ardua y ha recaído sobre sus hombros. Y cuando tienen poder es aun peor: el peso de su ineficacia recaerá en los hombros de sus subordinados, a los que asfixiará hasta la extenuación; como son incapaces de trazar una estrategia o planificar las acciones a acometer todo será urgente y prioritario, con la subsiguiente parálisis organizativa.


Desolador, ¿verdad? Pues sí lo es.  

¿Herramientas? Más bien humildes consejos extraídos de mis propias experiencias.

Si el MIA es un colaborador deberías valorar seriamente prescindir de él/ella cuanto antes. De lo contrario acabará ejerciendo un liderazgo informal tóxico que destrozará al equipo. Entonces serán varios los que acaben en la cuerda floja -entre ellos probablemente tú-.

Si es un igual o tienes que relacionarte asiduamente con él/ella, paciencia, grandes dosis de paciencia y si puedes,  INDIFERENCIA. Ser transparentes es lo peor que les puede pasar a los individuos con este Síndrome. Deja las emociones en el armario, esto te permitirá mantener el control en las situaciones conflictivas a las que seguro te conducirá. 

Si es tu Jefe, lo lamento. Supongo que tan pronto como puedas abandonarás la Empresa o pedirás un traslado a otro Departamento. No lo vivas como un fracaso. Cuando un MIA entra por la puerta de la Dirección el talento salta por la ventana. Pura supervivencia.

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